Desde pequeño traías algo especial. No sé si era esa energía que parecía no acabarse nunca —como si vinieras con dos baterías en lugar de una— o ese ingenio tuyo que siempre encontraba la forma de sorprendernos.
Había días en que yo pensaba: “este niño no camina… este niño corre con la vida”. Y entre carrera y carrera, nos regalabas esa mezcla perfecta de gracia y ternura que solo tú sabías equilibrar. Porque sí, podías ser un torbellino… pero también tenías la capacidad de detenerte, mirarnos con esos ojos curiosos y regalarnos un gesto que nos desarmaba por completo.
Fuiste, sin duda, una adición perfecta a nuestras vidas. Y no lo digo como una frase bonita, lo digo como quien recuerda noches sin dormir, risas a deshoras, travesuras inesperadas y abrazos que curaban cualquier cansancio. Contigo, la familia no solo creció… se volvió más viva, más ruidosa, más feliz.
Recuerdo tanto esos años en los que todo era descubrimiento. Íbamos a las playas, y tú parecías tener un pacto secreto con el mar. Mientras otros niños jugaban en la orilla, tú querías entenderlo todo: las olas, los peces, el horizonte… como si en tu interior ya viviera ese amor por la vida marina que con el tiempo se haría tan evidente. Y yo, que siempre tuve ese cariño especial por el océano y los tiburones, encontraba en ti un cómplice perfecto. Tanto así, que cuando íbamos a Sea World, tú lo resumías con esa lógica tuya tan directa y tan tuya: “el Parque Disney de mi papá”. Y ahí me tenías, riéndome por fuera… pero por dentro sintiendo que no podía haber mayor felicidad que compartir esas pasiones contigo.
Recuerdo tanto esos años en los que todo era descubrimiento. Íbamos a las playas, y tú parecías tener un pacto secreto con el mar. Mientras otros niños jugaban en la orilla, tú querías entenderlo todo: las olas, los peces, el horizonte… como si en tu interior ya viviera ese amor por la vida marina que con el tiempo se haría tan evidente. Y yo, que siempre tuve ese cariño especial por el océano y los tiburones, encontraba en ti un cómplice perfecto. Tanto así, que cuando íbamos a Sea World, tú lo resumías con esa lógica tuya tan directa y tan tuya: “el Parque Disney de mi papá”. Y ahí me tenías, riéndome por fuera… pero por dentro sintiendo que no podía haber mayor felicidad que compartir esas pasiones contigo.
Y claro, cómo olvidar nuestros viajes. Disney, Universal, Sea World… cada parque era una aventura, pero lo más valioso nunca fueron las atracciones, sino verte a ti vivirlas junto a tus hermanos. Esa emoción genuina, esa capacidad de asombro que parecía infinita. Yo te observaba y pensaba que, en realidad, el verdadero espectáculo eras tú: tu risa, tus preguntas, tu forma de entender el mundo y de cómo en complicidad con Chicho, buscaban la manera de hacerle una broma a Nany, jejeje.
O el inolvidable cuento de su juego de "Baywatch" en Los Roques (Venezuela), yo soy "Mitch" decias, y se peleaban por el personaje entre Chicho y tú, y bueno la Pamela Anderson de Nany, siempre sería y hermosa. Todo estuvo muy lindo, hasta que el flotador de Alejandro que estaba Bebe en ese momento salió volando, por la fuerte brisa, y me costó una buena nadada de unos cuantos metros para buscarlo. wow qué momentos..
Pero si algo siempre me sorprendió —y lo sigue haciendo cuando lo recuerdo— era tu manera de hablar. Hijo, tú no eras un niño cualquiera… eras un niño con alma de adulto. Tus palabras, tu forma de expresarte, ese tono tan correcto… a veces nos mirábamos entre nosotros como diciendo: “¿de dónde salió este muchacho?”. Mientras otros niños balbuceaban, tú estructurabas ideas. Mientras otros improvisaban, tú afinabas cada palabra como si ya supieras que lo que se dice, importa.
Ese perfeccionismo tuyo… ay, ese perfeccionismo. Tan tuyo como tu sonrisa. Querías que todo saliera bien, que todo estuviera en su lugar. Como el día, que yo hablaba por teléfono, veía asomarte en la puerta, y te ibas, veías por la puerta, y te ibas, porque yo seguía al teléfono... 5 minutos después se repetía la misma historia, hasta que te pregunté: ¿Muchy quieres algo? No Papy, estas ocupado y no me gustaría molestarte en tu privacidad. La historia se repitió y volví a preguntarte, ¿necesitas algo? no Papy, hay una situación, pero tranquilo, termina... allí.... por supuesto: me preocupe, cuando salí a la sala, del apartamento de abajo había llamas que ya casi llegaban a nuestra ventana... allí me di cuenta de "La situación" y corrí a buscar una manguera de agua y apagar el fuego... por supuesto, luego te reclamé y me dijiste con toda la adultez del momento: "Papy, estabas ocupado y no quería molestarte" Así eres...
Porque sí, eras correcto, eras detallista… pero sobre todo eras fuerte. Fuerte en carácter, fuerte en espíritu, fuerte incluso físicamente.
Y ahí es donde entra ese otro apodo que, entre risas, te ganaste: Bam Bam. Como aquel personaje de Los Picapiedra que no medía su fuerza y resolvía todo con un solo golpe. Porque tú, hijo, tenías esa energía contenida que de pronto salía sin aviso. No era maldad, nunca lo fue… era pura intensidad. Era la vida corriendo fuerte dentro de ti.
Había momentos en los que me hacías reír sin querer. Porque podías estar hablando como todo un caballero, con una formalidad impecable… y al minuto siguiente estabas corriendo, saltando o demostrando que el apodo de Bam Bam no era casualidad (el susto de nuestras vidas, cuando rompiste una puerta de vidrio, atravesándola y solo preguntaste con todos los vidrios en el piso... que pasó?, gracias a Dios, nada que lamentar).
Y ahí estaba yo, tratando de mantener la compostura como padre… pero por dentro disfrutando cada segundo de esa mezcla tan única que eras tú y por el otro, lo que todo padre hace, contener esa alma de autodestruirse (especialmente en los primeros años hasta que comienzan a caminar, y a correr) que a veces parece que todo niño viene con ese chip de pequeño.. wow.. que dificil es. Imagina con 4 coñitos corriendo por todos lados.
Con el paso de los años, esos recuerdos se han ido acomodando en un rincón muy especial de mi corazón. No como algo lejano, sino como algo vivo, que vuelve cada vez que cierro los ojos y te veo pequeño, corriendo, hablando, riendo, siendo tú.
Porque si algo tengo claro, es que no solo creciste tú… crecí yo contigo.
Me enseñaste a mirar el mundo con más curiosidad, a reírme más seguido, a entender que la perfección no está en que todo salga exacto, sino en vivir cada momento con intensidad, como tú siempre lo hiciste.
Recuerdo te pregunte una vez: Hijo: por qué estudiaste "Historia": "por muchas cosas importantes Papy, muchas cosas importantes" el tiempo te dió la razón. .
Y mírate hoy… la vida, con esa elegancia que a veces tiene, te ha puesto en el lugar más hermoso que puede ocupar un hombre: el de ser padre. Y no cualquier padre, sino un padre orgulloso de dos hermosas criaturitas, Maia y Edison, mis nietos… mis dos primeros nietos.
Los veo crecer, sí… pero a través de una pantalla. Y aunque uno pensaría que eso enfría las cosas, te confieso que en mi caso hace exactamente lo contrario. Cada video, cada foto, es como una ventana pequeña que se abre a un mundo inmenso. Los veo moverse, reír, descubrir… y no puedo evitar imaginarme cómo sería tenerlos aquí cerca, cargarlos, escucharlos de verdad, sentir ese ruido de casa llena otra vez. Recuerdo cuando conocí a Maia. Una chiquilla llena de energía y amor, que me quebró el corazón, cuando me despedí de ustedes en el aeropuerto de regreso, y me estiraba las manos, llorando..
Aun así, hijo, hay algo que permanece intacto: el orgullo que siento por ti. Por el padre que eres, por la forma en que los estás guiando, por el amor que se nota incluso a través de una pantalla.
Y con la misma certeza con la que te vi dar tus primeros pasos, sé que más temprano que tarde estaré allá. Caminando a tu lado otra vez, pero ahora con ellos también. Volveremos a compartir momentos reales, de esos que no caben en una red social.
Y quién sabe… tal vez repitamos algo como aquel hiking del 2022. Ese día en el que no solo caminamos senderos, sino que, sin decirlo mucho, compartimos tiempo del bueno. Del que se queda. Del que construye.
Porque al final, hijo, de eso se trata todo esto: de encontrarnos una y otra vez, en distintas etapas, en distintos lugares… pero siempre siendo familia.
Hoy, al mirar hacia atrás y también hacia adelante, no puedo evitar sentirme profundamente agradecido. Por ti, por lo que fuiste, por lo que eres… y por todo lo que, incluso a la distancia, seguimos construyendo juntos.
Porque si algo tengo claro, es que la vida me dio muchas cosas buenas… pero pocas tan extraordinarias como el privilegio de ser tu padre. Y ahora, también, el regalo inmenso —aunque sea por ahora a través de una pantalla— de verte serlo tú.


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